Ofelia los llamó desde el comedor.
—Vengan a desayunar, que se enfría.
Rubén asintió y se acercó a la mesa. Se quedó mirando a su padre, sorprendido por el humor tan excepcionalmente bueno que tenía; incluso estaba tarareando una marcha militar, algo que resultaba completamente insólito.
—Ay, viejo, ya ni disimulas la emoción, ¿verdad? Ve nomás, dejaste a tu hijo con la boca abierta —comentó Ofelia en tono de burla.
Eduardo carraspeó, y su expresión se tornó seria de inmediato. Rubén esbozó una