Horus desaparecía con sus hombres y volvió a su carpa real. Era de tarde, Hespéride había dormido a las niñas.
—Otra victoria —dijo ella.
—Sí, otra —comentó él.
Horus se acercó al lecho de las niñas y las miró con ternura. Debía dar fin al imperio y al tirano Atlas para poder protegerlas. No dejaría que les pasara lo mismo.
—Ellas están bien.
—Me alegro mucho… Iré a bañarme.
Horus dio media vuelta e intentó alejarse, pero fue agarrado del brazo. Quedó de frente a Hespéride, contemplando su cabe