Horus seguía su vigilancia como Némesis. Nadie lo sabía con certeza, pero en las noches, cuando las sombras cubrían los caminos y la luna apenas se filtraba entre las nubes, el príncipe desaparecía de la mansión donde dormían Hespéride y sus hijas. En silencio, con el rostro endurecido, vestía la armadura negra, ceñía su capa oscura y montaba al frente de un grupo de hombres leales. Su corazón ardía de furia contenida: los soldados del imperio aún merodeaban, saqueaban aldeas, tomaban prisioner