Horus observaba con una concentración absoluta las marcas moradas que serpenteaban por el dorso de Hespéride. Sus ojos plateados, usualmente fríos como el hielo, recorrían cada línea, cada espiral que se extendía desde sus hombros hasta perderse en la curva de sus caderas, como un mapa estelar grabado en su piel. El cabello púrpura de ella, aún húmedo del baño, se pegaba a su espalda, acentuando la palidez marmórea de su cutis y el vibrante color de las manchas. Un instinto profundo, bestial, s