Horus despertó de su estado de incertidumbre. El sudor frío que lo había acompañado durante días había desaparecido, su respiración era firme y acompasada, mientras que la presión punzante en su cabeza se había desvanecido. Abrió lentamente los ojos, percibiendo la luz del amanecer filtrándose por la tela de la carpa. Su piel ya no ardía, su cuerpo estaba libre de espasmos y calambres. Podía moverse sin el peso invisible que lo había mantenido prisionero en su propio lecho.
Al fin estaba sano y