Horus despertó de su estado de incertidumbre. El sudor frío que lo había acompañado durante días había desaparecido, su respiración era firme y acompasada, mientras que la presión punzante en su cabeza se había desvanecido. Abrió lentamente los ojos, percibiendo la luz del amanecer filtrándose por la tela de la carpa. Su piel ya no ardía, su cuerpo estaba libre de espasmos y calambres. Podía moverse sin el peso invisible que lo había mantenido prisionero en su propio lecho.
Al fin estaba sano y normal. No quedaba rastro del dolor que lo había hecho desear la muerte horas antes. El príncipe heredero había logrado sobrevivir, una vez más, gracias a la bruja púrpura, la emperatriz Luna, esposa del alfa tirano. El simple hecho de que ella, enemiga de su pueblo, hubiera sido la portadora de su cura era una paradoja que le dejaba un sabor extraño en la boca, una mezcla de derrota, gratitud e impotencia.
Se incorporó lentamente, sintiendo como la sangre circulaba con fuerza renovada. Los col