Atlas buscó a su mate convertido en lobo gigante, igual que sus soldados. La luna aún ardía en lo alto, bañando de plata los lomos de aquellas bestias colosales que se movían por los llanos, por los valles y por las montañas. El aire nocturno estaba impregnado de un olor metálico y amargo: el rastro del miedo que dejaban los campesinos y los pueblos escondidos. Los lobos titanes, con hocicos alargados y ojos de fuego, se miraban unos a otros en silencio. Negaban con la cabeza, enseñando los col