La noche los había envuelto como un manto, sellando aquella unión que horas antes parecía imposible. Horus y Hespéride yacían en la gran cama de la mansión, rodeados de cortinas oscuras que colgaban del dosel como velos de sombra. El mundo exterior, con su guerra y su ruido, se había desvanecido, quedando solo la respiración acompasada de dos seres que habían cruzado una línea invisible.
Dormían abrazados, como si el instinto más primitivo y verdadero los hubiera obligado a unirse. Horus, el pr