Horus volvió a aparecer en la muralla del reino de Elysea, ocupando el sitio donde la estatua ilusoria había permanecido inmóvil durante días. La ilusión se desvaneció en el aire como humo disipado, y en su lugar estaba él, con la figura erguida, el porte implacable y las fuerzas renovadas. Nadie sospechó que había descansado en otro lugar; para el pueblo y los guerreros locales, Némesis había estado allí todo el tiempo, vigilando con una firmeza casi sobrehumana.
El ambiente estaba impregnado