La penumbra de la mansión los envolvía como un manto protector, aislándolos de la guerra que aún se respiraba en el horizonte. Horus seguía con la cabeza sobre el regazo de Hespéride, respirando con serenidad tras aquel beso que había sellado algo más que un instante: un pacto íntimo, profundo, irrompible.
La bruja púrpura alzó una mano. Sus dedos dibujaron símbolos invisibles en el aire, y la oscuridad, obediente, se arremolinó en torno al cuerpo de Horus. No fue un arrastre brusco, sino un mo