La ciudadela entera se preparaba con entusiasmo. El cumpleaños número veinticinco de Horus no era solo una celebración personal: era el símbolo de esperanza de un pueblo que había resistido quince años oculto, sobreviviente al filo del yugo de Atlas.
Los hornos de barro ardían desde temprano. Las mujeres amasaban pan con manos curtidas y sonrientes, mientras la harina flotaba en el aire como un velo blanco. Pequeños pasteles de miel y frutos secos se horneaban en bandejas rústicas, desprendiend