—Hay que sellar nuestro pacto —dijo ella.
—¿Cómo? —preguntó él.
—Con sangre. Haz el contrato.
Hespéride no dudó. Su mirada se endureció y, con la naturalidad de quien había trazado cientos de conjuros a lo largo de siglos, se inclinó hacia el suelo. Deslizó la punta de sus dedos sobre la tierra húmeda, y donde su piel rozaba, surgía un resplandor leve, como si cada movimiento suyo encendiera brasas ocultas bajo la superficie.
Dibujó lentamente un símbolo circular, un entramado de runas antiguas