—Hay que sellar nuestro pacto —dijo ella.
—¿Cómo? —preguntó él.
—Con sangre. Haz el contrato.
Hespéride no dudó. Su mirada se endureció y, con la naturalidad de quien había trazado cientos de conjuros a lo largo de siglos, se inclinó hacia el suelo. Deslizó la punta de sus dedos sobre la tierra húmeda, y donde su piel rozaba, surgía un resplandor leve, como si cada movimiento suyo encendiera brasas ocultas bajo la superficie.
Dibujó lentamente un símbolo circular, un entramado de runas antiguas que parecían vibrar con un murmullo invisible. Era un lenguaje muerto, olvidado por los hombres, pero vivo en la memoria de las brujas. Los trazos eran complejos, cargados de intención: espirales que se entrelazaban con líneas rectas, curvas que parecían querer abrazar el centro donde el fuego aún ardía débilmente.
El aire alrededor se volvió más denso. Horus lo sintió al instante: un peso sobre los hombros, una presión en el pecho, como si los espíritus invisibles que habitaban la tierra hubie