Hespéride se tendió sobre el lecho improvisado, ofreciendo su cuerpo para el ungüento. Quedaban solo unas pocas aplicaciones; sus heridas estaban casi cerradas. En realidad, había recuperado tanto poder como para sanarse a ella misma. Pero no había interrumpido el ritual. El contacto con él, sostenido, podía tejer una confianza más profunda. Si lo evitaba, era claro que se iban a distanciar y actuar con más frialdad. Era experta leyendo a los hombres y sabía como debía afianzar su relación con