La resistencia de Leighis se mantenía como una fortaleza asediada. Atlas, con sus cuatro metros de estatura que hacían parecer pequeños los arcos altos de la galería, se movía con una pesadez deliberada alrededor de ella. Su cabello castaño, grueso y con vetas del color de la tierra húmeda, caía sobre unos hombros tan amplios que podrían haber soportado el peso de una losa de mármol. Sus ojos marrones, profundos y calculadores, no se apartaban de la figura élfica que se erguía con desafiante gracia.
Leighis, con su metro noventa y tres de estatura, era alta incluso para los estándares de su pueblo, pero frente a Atlas se sentía frágil como una rama de sauce. Su cabello rubio, una cascada de hilos de luz solar, contrastaba violentamente con la oscuridad de las vestiduras de él y de la estancia misma. Sus ojos azules, claros y fríos lo observaban con una mezcla de repulsión y una curiosidad que la avergonzaba profundamente.
Una noche, la tensión entre ellos alcanzó un punto de ruptura.