Al inicio, trataba de evitarlo. Se mantenía con la mirada al frente, con ese porte casi divino que la distinguía. Pero poco a poco, en el roce de esos silencios compartidos, comenzó a percibir que Atlas no era solo el emperador que imponía con su voz y sus decretos. Había en él un hombre capaz de escuchar el murmullo del agua y encontrar belleza en lo sencillo.
—Cuando era joven —dijo él, rompiendo el silencio—, pensaba que conquistar un reino era el mayor logro al que podía aspirar un hombre. Veía en cada muralla un desafío y en cada ejército un obstáculo que debía caer bajo mi espada.
Leighis lo miró de reojo, con los brazos recogidos frente a su vestido dorado.
—¿Y ahora? —preguntó, con voz neutra.
Atlas apoyó sus manos sobre la baranda de piedra. Su perfil, recortado contra la luz del crepúsculo, se veía firme, pero su tono no era el de un monarca dando un discurso, sino el de un hombre confesándose.
—Ahora miro la ciudad y pienso en todo lo que puede perderse. En lo frágil que es