Al inicio, trataba de evitarlo. Se mantenía con la mirada al frente, con ese porte casi divino que la distinguía. Pero poco a poco, en el roce de esos silencios compartidos, comenzó a percibir que Atlas no era solo el emperador que imponía con su voz y sus decretos. Había en él un hombre capaz de escuchar el murmullo del agua y encontrar belleza en lo sencillo.
—Cuando era joven —dijo él, rompiendo el silencio—, pensaba que conquistar un reino era el mayor logro al que podía aspirar un hombre.