Capítulo 46 La santa

Al inicio, trataba de evitarlo. Se mantenía con la mirada al frente, con ese porte casi divino que la distinguía. Pero poco a poco, en el roce de esos silencios compartidos, comenzó a percibir que Atlas no era solo el emperador que imponía con su voz y sus decretos. Había en él un hombre capaz de escuchar el murmullo del agua y encontrar belleza en lo sencillo.

—Cuando era joven —dijo él, rompiendo el silencio—, pensaba que conquistar un reino era el mayor logro al que podía aspirar un hombre.
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