Leighis resistía. Cada vez que Atlas la visitaba, cada vez que intentaba compartir con ella la mesa o los paseos por el palacio, ella lo observaba con un silencio gélido, con la mirada tensa y el rostro severo. No olvidaba lo que él había hecho: la traición, la muerte de la bruja, la sangre derramada en nombre de su ambición. Atlas no era un salvador, era un monstruo.
Y sin embargo, había algo en él que desarmaba esa coraza.
Atlas no la trataba como un trofeo, aunque lo era. No la encerró en torres ni la humilló como haría un vulgar conquistador. No: él buscaba otra cosa. Cada gesto suyo estaba calculado para arrastrarla hacia su órbita. Se presentaba en sus aposentos sin guardias, hablándole como un igual. A veces la escuchaba hablar de sus recuerdos de Krónica, de los bosques dorados, de los templos de su pueblo, y en lugar de burlarse, guardaba silencio, grabando cada palabra como si fueran armas para el futuro.
En las cenas, Atlas se sentaba a su lado, no frente a ella. No la sofo