Leighis resistía. Cada vez que Atlas la visitaba, cada vez que intentaba compartir con ella la mesa o los paseos por el palacio, ella lo observaba con un silencio gélido, con la mirada tensa y el rostro severo. No olvidaba lo que él había hecho: la traición, la muerte de la bruja, la sangre derramada en nombre de su ambición. Atlas no era un salvador, era un monstruo.
Y sin embargo, había algo en él que desarmaba esa coraza.
Atlas no la trataba como un trofeo, aunque lo era. No la encerró en to