Hespéride contempló su apariencia; eran la de un joven, pero su carácter era el de un hombre estricto que había sido tallado a fuerza de pérdida. La estructura de su rostro era severa: pómulos altos y afilados, una mandíbula fuerte y apretada que delataba una tensión perpetua, una boca fina y recta que rara vez se curvaba hacia algo que no fuera un esbozo de desdén o concentración. Su piel, pálida, estaba limpia y perfecta. Era una belleza fría, intimidante, como una espada perfectamente equili