El amanecer llegó con un frescor distinto, cargado de ese olor húmedo que anuncia un cambio en el aire. Desde el balcón oriental del palacio, Hespéride observó la neblina que se deslizaba entre las copas de los árboles y comprendió que el día traería algo inusual. No era un presagio oscuro, sino una vibración latente en la tierra, una señal leve que solo los sensibles al flujo natural podían percibir. Sus hijos, dispersos entre el patio, los jardines y los corredores, también lo sintieron. Aste