Los años se deslizaron con una cadencia constante sobre Krónica, y el reino entero fue testigo de cómo la vida florecía bajo el reinado del alfa blanco y la luna púrpura. Desde la coronación hasta ese quinto año, la transformación del palacio, de las calles, del campo y de la gente había sido un avance sostenido, moldeado por las decisiones de ambos monarcas, pero también por la presencia vibrante de sus hijos. Lo que había comenzado como un hogar conformado por tres niñas de crecimiento acelerado se había convertido en un núcleo familiar numeroso, impredecible y profundamente amado por el pueblo de Krónica.
Los primeros en mostrar cambios visibles fueron Asterope, Érika y Crisótemis, quienes alcanzaron una apariencia cercana a los diez años, aunque apenas habían pasado cinco. La madurez física que caracterizaba su linaje no mitigaba la viveza de sus gestos ni la energía con la que cruzaban los patios del palacio, moviéndose como sombras veloces bajo el sol. Asterope dominaba los ejer