Leighis movía sus manos con delicadeza, sin apresurarse. Probó un bocado de fruta, un sorbo de vino, sin perder la compostura. Era cordial en cada gesto, en cada palabra, pero mantenía la distancia, como si entre ella y el emperador hubiera un muro invisible. Atlas lo notaba, y su orgullo se tensaba por dentro, aunque en su rostro no lo mostraba.
En el fondo de su corazón, Leighis seguía siendo fiel a un recuerdo. Estaba enamorada de Horus Khronos, el príncipe heredero. Habían sido apenas dos a