Atlas corría junto a la elfa que había despertado de su letargo por perjurio. La noche los cubría con su humedad fresca y el bosque se volvía testigo del encuentro. Entre las sombras los cuerpos se transformaron; el gigante y la santa se buscaron como si hubieran esperado miles de años por esa unión. Se acostaron en mitad del claro, envueltos por la luz clara de la luna que filtraba su resplandor plateado entre las ramas. La tierra húmeda los sostuvo. No hubo palabra alguna, porque el destino n