Atlas se hallaba en la sala del trono, reunido con sus súbditos. El salón, vasto como una catedral, estaba iluminado por antorchas que se extendían hasta perderse en las alturas del techo abovedado. Las sombras se arrastraban como serpientes a lo largo de las columnas negras, mientras el fuego hacía brillar los emblemas imperiales grabados en oro. El emperador reposaba en su trono, una mole de piedra y acero que parecía parte de su propia carne, y sus ojos de obsidiana recorrían a los presentes