Atlas se hallaba en la sala del trono, reunido con sus súbditos. El salón, vasto como una catedral, estaba iluminado por antorchas que se extendían hasta perderse en las alturas del techo abovedado. Las sombras se arrastraban como serpientes a lo largo de las columnas negras, mientras el fuego hacía brillar los emblemas imperiales grabados en oro. El emperador reposaba en su trono, una mole de piedra y acero que parecía parte de su propia carne, y sus ojos de obsidiana recorrían a los presentes con un fulgor de juicio constante.
—La emperatriz ha dado a luz a tres niñas —dijo uno de los ministros, un anciano de barba trenzada—. Ninguno es varón.
Un murmullo recorrió la sala. Los generales, los sabios, los gigantes y los ministros intercambiaron miradas. El linaje parecía quebrarse en la raíz, como si el destino mismo se burlara de la supremacía del emperador.
—El emperador ya ha encontrado a su mate —añadió otro, con voz dura—. Si dejamos que la bruja se recupere, todo será en vano. E