Bajo la noche cálida del norte, donde el aire tropical permanecía denso aun después del anochecer, el campo de batalla quedó suspendido en un silencio reverencial. Cada soldado; rebelde o imperial, contuvo la respiración al ver a Leighis y Hespéride frente a frente, dos presencias que cargaban una magnitud espiritual capaz de rivalizar con la de sus propios monarcas. No había necesidad de anunciar el inicio; las dos parecían comprender, en un instante compartido, que ese duelo era inevitable, q