La noche cálida seguía vibrando con magentas y amarillos que cortaban el cielo como heridas incandescentes. El aire tropical, espeso y húmedo, se mezclaba con las corrientes mágicas que ambas magas liberaban, creando turbulencias que hacían crujir las ramas de los árboles cercanos y ondular la hierba alta. Ningún combatiente respiraba con tranquilidad. El duelo mantenía a todos expectantes. Nadie parpadeaba, nadie murmuraba, nadie se movía.
Hespéride observaba a Leighis con aquella serenidad pr