Leighis curaba a Atlas de manera seria y calculada. Se inclinó junto al trono y apoyó el cetro sobre un banco pequeño; sus dedos dorados trazaron sigilosas figuras en el aire mientras sus oraciones de luz se volvieron rituales de vendaje. No perdió ni un gesto: limpió las llamas adheridas a la piel, arrastró ceniza y sangre con una precisión que parecía prisa contenida, y luego aplicó manos que ya no temblaban. Su magia no era explosiva ni efusiva; funcionaba como un bisturí que reparaba tejido