Xythra permanecía entre los altos mandos imperiales, rígida como una estatua. Su respiración se cortó en seco cuando los colores púrpura y blanco se alzaron juntos en el centro del campo. La bruja adivina, cuyos ojos siempre parecían ver más allá que el resto, sintió un estremecimiento helado recorrerle la columna. Allí estaban. Los dos. La Luna púrpura y la Luna blanca. Las figuras que su don había revelado mucho antes de que esta guerra iniciara, los heraldos del final del emperador. Durante