El pelaje marrón de Atlas se erizaba mientras avanzaba como una montaña viviente, con sus garras abriendo surcos profundos en la tierra caliente que se estremecía bajo su peso. Horus, el lobo blanco de ojos grises, se arrojó contra él con la velocidad de un meteorito helado; su cuerpo dejaba un rastro de escarcha que chisporroteaba contra los fragmentos incandescentes que Atlas desprendía a cada zancada. Hespéride, negra y elegante como una sombra consciente, se movía a su lado con la precisión