En medio de la guerra, aquella escena resultaba un contraste impensable. Afuera, los ejércitos se preparaban para otro día de fuego y acero; dentro de la mansión, la vida misma se aferraba a la calma. Horus yacía aún recostado en la cama, con el pecho vendado y la respiración acompasada, rodeado por Hespéride y sus tres hijas. El silencio que llenaba el cuarto era profundo, interrumpido solo por los murmullos del viento que entraban por los ventanales abiertos.
El ocaso comenzaba a pintar el ci