Capítulo 171 La molestia

—Es de noche —dijo Atlas—. Que vayan los asesinos. Leighis…

—A su orden, su majestad imperial —respondió ella con voz mesurada, la luz dorada del cetro temblando en su mano.

Los hombres elegidos se reunieron en la carpa más apartada del campamento. Eran sombras curtidas por mil misiones: cuchillas pequeñas, capas que absorbían la luz, respiraciones entrenadas para la calma. Sus rostros mostraban cicatrices recientes y ojos sin brillo de fiesta; la disciplina en sus gestos hablaba por sí misma. Se prepararon con meticulosidad. Afilaron hojas hasta que el metal cantó apenas. Untaron las puntas con venenos sutiles que adormecían el sistema, mezclas de hierbas y runas antiguas que dejaban la presa inmóvil sin convulsiones que delataran el ataque. Colocaron brazaletes con runas de sigilo que amortiguaban pasos, lienzos negros sobre los rostros, vendas impregnadas en ungüento para tapar el olor humano, cordeles para inmovilizar, ganchos articulados para escalar fácilmente. Nadie hablaba más
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