—Es de noche —dijo Atlas—. Que vayan los asesinos. Leighis…
—A su orden, su majestad imperial —respondió ella con voz mesurada, la luz dorada del cetro temblando en su mano.
Los hombres elegidos se reunieron en la carpa más apartada del campamento. Eran sombras curtidas por mil misiones: cuchillas pequeñas, capas que absorbían la luz, respiraciones entrenadas para la calma. Sus rostros mostraban cicatrices recientes y ojos sin brillo de fiesta; la disciplina en sus gestos hablaba por sí misma.