El estallido del enfrentamiento volvió a partir la noche en dos mitades: una teñida de fuego y tierra enloquecida bajo los pies del emperador, y la otra iluminada por escarcha, rayos y oscuridad danzante alrededor de Horus y Hespéride. Apenas se acercaron a Atlas, la tierra se elevó en columnas grotescas, como si respondiera a un latido profundo que solo el titán podía comandar. De aquellas torres de roca emergieron espinas, bordes afilados, fragmentos que salieron disparados como proyectiles y