En la llanura, mientras Horus se entregaba al descanso necesario, en el campamento imperial la actividad no cesaba; las carpas se agitaban con órdenes, mapas y susurros que se disgregaban como humo. Atlas permanecía en su atalaya de piedra, los dedos apoyados en el brazo del trono, los ojos marrones escudriñando el horizonte; su gesto era de hierro. A su alrededor, los generales se aproximaban con rostros curtidos y planes burilados en la mandíbula. La retirada había servido para reacomodar pie