Atlas esperó. La pradera, antes bañada por el sol, se había transformado en un océano de sombras. La humedad del norte ascendía desde el suelo, cubriendo con un velo pálido las tiendas imperiales. En lo alto, la luna se ocultaba tras un manto de nubes espesas, como si el cielo rehusara presenciar lo que estaba por venir.
El titán sabía lo que hacía. Su mente ardía con el fuego de la guerra y del rencor. Ordenó que las catapultas fueran alineadas, que las runas de poder fueran grabadas en las pi