Horus estaba en su carpa, solo, sumido en un silencio espeso que apenas dejaba espacio para respirar. El calor del norte se filtraba por la lona oscura como un enemigo invisible, abrasándole la piel, sofocando su mente. Era hielo y tiempo; su cuerpo estaba hecho para el frío, para la calma, para la quietud del invierno. Aquel aire cálido y denso lo agotaba, lo derretía desde dentro. Cada gota de sudor que descendía por su cuello era un recordatorio de que ese clima era su mayor enemigo, un ento