Desde lo alto, Atlas lo miraba con una mezcla de desprecio y enojo. Por primera vez en mucho tiempo, el titán comprendió que aquel hombre no era una simple hormiga. Era un reloj que, aunque roto, seguía marcando el fin de los imperios. Sin embargo, había marchado durante muchos días como para acabarlo ahora. Lo haría sufrir. Lo debilitaría, lo desgastaría hasta su último aliento, hasta que su tiempo se extinguiera como la última chispa en un reloj sin cuerda.
El titán apoyó su mano sobre el tro