Desde lo alto, Atlas lo miraba con una mezcla de desprecio y enojo. Por primera vez en mucho tiempo, el titán comprendió que aquel hombre no era una simple hormiga. Era un reloj que, aunque roto, seguía marcando el fin de los imperios. Sin embargo, había marchado durante muchos días como para acabarlo ahora. Lo haría sufrir. Lo debilitaría, lo desgastaría hasta su último aliento, hasta que su tiempo se extinguiera como la última chispa en un reloj sin cuerda.
El titán apoyó su mano sobre el trono de piedra, y las venas terrosas que lo formaban vibraron con su orden. Los tambores de guerra, graves como rugidos subterráneos, se detuvieron poco a poco. Los gigantes dieron unos pasos atrás, obedientes, y su ejército comenzó a replegarse entre ecos de cadenas y pasos pesados. El sonido metálico del retroceso se extendió por la pradera como un trueno lejano que se desvanecía.
Horus, aún de pie entre los cuerpos congelados, observó la retirada con cautela. Su respiración seguía agitada, la e