La noche se había derramado sobre la ciudadela como un manto pesado y silencioso. Afuera, el murmullo de la rebelión recién encendida se extendía como fuego sobre un campo seco: rumores, cantos de libertad, templos profanados con nuevas proclamas, antorchas encendidas, soldados desertando de guarniciones imperiales. Lo que Hespéride había desatado no se apagaría con facilidad.
En la segunda mansión secreta, aquella donde se celebraban los consejos de guerra, las velas temblaban sobre un gran ma