La lluvia caía sobre las almenas de la capital imperial como si el cielo mismo quisiera advertir del presagio que pendía sobre todo el continente. Era una noche sin luna, de un silencio contenido que precedía a la tormenta. En el palacio usurpado a los Khronos, dentro de la sala del trono, se alzaba la figura imponente de Atlas, el Emperador Gigante, con los brazos apoyados en el espaldar ornamentado. La antorcha central proyectaba un fuego pálido que teñía su rostro de sombras quebradas, realz