El tiempo volvió a moverse en el Imperio. Los sonidos regresaron como un rugido sordo que se expandía desde los cimientos de la plaza hasta las cúpulas del palacio. El fuego, que segundos antes había estado suspendido en el aire, cayó en una danza de brasas inertes, desvaneciéndose ante el soplo gélido que cubría todo el campo de batalla. Las llamas fueron extinguidas por la escarcha que cubría las murallas, los cuerpos y el suelo.
Una neblina azulada se alzó, opacando el resplandor de las anto