Horus vio el temblor de Leighis. De sus manos salió escarcha blanca, cubriendo los barrotes de luz y los hizo estallar, liberándose de su prisión mágica. El sonido fue ensordecedor; los fragmentos de luz cayeron como cristales que se desvanecían antes de tocar el suelo. Horus se giró hacia los krónidas, y su mirada plateada brilló con una fuerza que no era solo mágica, sino ancestral, una chispa del tiempo mismo que corría por su sangre.
La voz de Némesis retumbó por segunda vez, ahora más fuer