Los cuerpos de Horus y Hespéride se fundían en una danza ancestral. Él, con la determinación de un guerrero, empujó su miembro dentro de ella, sintiendo cómo su calor lo envolvía en un abrazo febril. Un gemido ronco escapó de sus labios, mientras sus caderas marcaban un ritmo primal contra sus muslos.
Hespéride arqueó la espalda, sus uñas lobunas se clavaron en los hombros de Horus, dejando marcas rojas sobre su piel pálida. Cada embestida del joven rey era una conquista, un territorio que ante