En la mansión secreta, el deseo los envolvió como una marea. No existía la lujuria vacía, solo la urgencia de dos corazones que habían postergado el sentimiento por eternidades. Hespéride inclinó su cuerpo y unió sus labios a los de Horus en un contacto que inició con vulnerabilidad, luego se transformó en una demanda voraz. El joven, con su cuerpo debilitado pero el espíritu incendiado, correspondió a ese fuego con la poca fortaleza que conservaba.
Sus bocas se encontraron en una serie de beso