La noticia corrió como fuego indomable en un campo seco: Némesis había vencido a los seis asesinos de Atlas, los más temidos cazadores del imperio. En los pasillos de los palacios sometidos, en las tabernas clandestinas y en los campamentos de refugiados, se murmuraba el mismo nombre con reverencia y esperanza. Allí donde antes se susurraba con miedo, ahora se gritaba con fervor: Némesis, el azote del emperador.
No tardaron en llegar los primeros mensajeros. Reinos que aún resistían en las mont