En las jornadas siguientes, mientras el pueblo trabajaba en la reconstrucción, Némesis y Hespéride seguían cuidando de las niñas como sus padres. Él se encargaba de vigilar desde lo alto, siempre alerta, mientras ellas jugaban en el patio con flores y piedras. Hespéride reía en silencio al verlas, y a veces lo miraba de reojo; él correspondía con esa mirada firme y ardiente que no necesitaba palabras.
Cada día que pasaba, la confianza entre ambos crecía como un fuego que no se apagaba. Ya no er