Cinco de la tarde
—Nara, por favor, prepara la cena. Bastian bajará en cualquier momento —ordenó doña Maia desde la sala, con voz dura y autoritaria.
Nara, que estaba sentada cómodamente leyendo un libro en el sofá, levantó una ceja sin dejarse alterar. Cerró el libro con calma y giró la cabeza, sin molestarse en ponerse de pie.
—Lo siento, mamá. Pero yo no soy la sirvienta —respondió con voz suave, pero firme.
Maia se levantó de golpe. Su rostro se enrojeció al instante.
—¿¡Qué dijiste!?
Enton