A las cinco de la tarde. La calle que conducía a la casa de Nara estaba desierta; solo se escuchaba el motor del coche de Eric.
—¿Te sientes mejor? —preguntó Eric, echándole una mirada fugaz a Nara.
Nara estaba recostada en el asiento del copiloto.
—Sí… mucho mejor. Gracias por cuidarme antes.
Eric soltó un suspiro de alivio.
—Menos mal. Me has preocupado, ¿sabes?
Nara sonrió débilmente.
—Perdón por darte molestias.
—No es una molestia. Solo… no quiero verte enferma. Y menos ahora… que estás em