El día parecía prometer calma después de la tormenta de la gala. Había despertado aún envuelta en el aroma de Kael, con el recuerdo de sus manos, de sus besos, de cómo su cuerpo había sabido apaciguar cada duda que me había atravesado la noche anterior. Pero esa ilusión se rompió con un portazo repentino y el sonido desesperado de llanto infantil.
—¡Danae! —la voz de Lana me desgarró el alma antes incluso de verla entrar.
Me levanté de un salto y corrí hacia la sala. Lana estaba allí, jadeante,