Kael
El cristal estalló contra la pared con un sonido seco. Vi cómo los fragmentos caían en todas direcciones, brillando con la luz del despacho como si fueran pedazos de estrellas muertas. El whisky se derramó por el piso, impregnando el aire con ese olor amargo que me recordaba a tantas noches solitarias. Respiré hondo, con la mandíbula tensa, los nudillos aún ardiendo por el golpe que acababa de darle al escritorio.
Era inútil. Golpear, romper, gritar en silencio… nada apagaba el incendio en