Danae
El reloj de la mesita marcaba las dos de la madrugada y yo seguía despierta, mirando el techo como si en esas sombras pudiera encontrar respuestas. El beso en el jardín no dejaba de repetirse en mi mente, una y otra vez, como un eco imposible de silenciar. Cada vez que cerraba los ojos sentía sus labios en los míos, la fuerza de sus manos, la rabia contenida que había explotado en ese instante.
Me había confesado. Le había dicho la verdad de lo que sentía, y él, en lugar de hablar, me hab