La noche olía a sal y traición.
El viento soplaba con fuerza desde el mar, levantando las lonas oxidadas del muelle abandonado donde debía concretarse el supuesto intercambio. Había algo en el aire, un silencio demasiado denso, demasiado controlado.
Mis pasos resonaban sobre la madera húmeda mientras mis hombres se mantenían a distancia, vigilando las sombras.
—Todo claro, jefe —escuché por el comunicador—. No hay movimiento visible.
Mentira.
Lo sentía en el pecho, esa punzada instintiva que me