El mensaje había sido breve, casi frío en apariencia, pero en cuanto Rebeca pulsó el botón de “enviar” sintió que su corazón se agitaba en un compás irregular.
> “Estoy en Los Ángeles. Me gustaría verte para cenar.”
Había tardado horas en decidirse. Horas en las que sus pensamientos se debatían entre la misión que había jurado cumplir y esa atracción imposible que la arrastraba una y otra vez hacia Giulio Romano.
La respuesta no demoró. Apenas unos minutos después, su celular vibró sobre la mes