Los Ángeles no dormía. Bajo las luces de neón, los callejones parecían multiplicarse como venas enfermas que latían al ritmo de la violencia. Para cualquiera, la ciudad era un monstruo insaciable; para Giulio Romano, era su terreno de caza.
Su regreso no pasó desapercibido. El nombre de “el Romano mayor” corría de boca en boca en bares clandestinos, mesas de póker ilegales y pasillos donde la música y el alcohol eran cortinas para tratos de sangre. Nadie ignoraba que estaba de vuelta, y menos a