Elara P.O.V
El silencio en la habitación blanca y estéril era un peso físico, un vacío donde el único sonido era el zumbido bajo de la maquinaria y los latidos frenéticos y asustados de los científicos detrás del cristal. Vigo estaba inmóvil, una estatua de hombre cuyo experimento perfecto acababa de producir un resultado imposible. Su atención estaba clavada por completo en la pantalla holográfica, en el flujo de datos que le decía que su soldado perfecto no se había autodestruido por un error